Hoy voy a contarles una historia real. Lo hago con autorización de su protagonista, que incluso ya la ha contado públicamente. Se llama Renzo Sánchez.
La cuento porque creo que en esta historia hay algo que va mucho más allá del fútbol. Hay algo que tiene que ver con lo que nos pasa a todos cuando la vida nos interrumpe justo cuando más estábamos creyendo.»
«Renzo tiene 21 años. Jugador de fútbol. Y ya pasó dos veces por lo mismo.
La primera vez fue a los 18, 19 años. Rotura de ligamentos cruzados. Todo lo que eso implica: la operación, los meses de rehabilitación, el dolor, la distancia de la cancha, el cuerpo que deja de responder como antes. Renzo lo transitó. Volvió. Terminó el campeonato jugando.
Y en el inicio del 2024, en un partido contra Defensor, fecha cuatro o cinco, Renzo entra de titular. En una jugada, cae. Y algo en esa rodilla le dice lo que no quería escuchar.
Sale de la cancha. Lo revisan los médicos. En ese momento no había certeza, pero algo no estaba bien.
Termina el primer tiempo. Yo estoy en la tribuna. Renzo se sienta a mi lado. Y en un momento, en medio del ruido del partido, me mira y me dice:
‘Dami, si me rompí los ligamentos de nuevo… yo dejo el fútbol.’
No lo dijo con drama. Lo dijo con una calma que dolía más que el grito. Era alguien que ya conocía ese camino y estaba diciéndome que no tenía fuerzas para volver a recorrerlo.
En ese momento, lo que uno hace como psicólogo no es explicar ni analizar. Es estar. Es empatizar con ese dolor, con esa angustia, con todo lo que esa frase cargaba: el miedo a operarse de nuevo, el miedo a la recuperación, el miedo a romperse otra vez, y también algo más profundo: la pregunta de quién es él si el fútbol ya no puede sostenerlo.
Le dije: ‘Renzo, vamos a esperar. Vamos a ver qué dice el diagnóstico. Y lo que sí sabemos es que ahora no es el momento de tomar decisiones.’
Le dije también algo que me parecía importante: que la recuperación había que hacerla igual. Pasara lo que pasara con la decisión de seguir o no, el cuerpo necesitaba sanar. Y que ese tiempo de recuperación era también el tiempo para pensar con más claridad, sin el pico de la angustia encima.
Después lo acompañé, junto con su familia, a hacerse la resonancia. Se confirmó. Segunda rotura del ligamento cruzado.
Y ahí empezó todo de nuevo.
«Quiero detenerme en lo que pasa adentro de una persona en ese momento. Porque desde afuera se ve una lesión. Desde adentro, es mucho más que eso.
Lo primero que aparece es la negación. Esto no me puede estar pasando. No de nuevo. No a mí. Es una reacción completamente comprensible. La mente necesita un momento para procesar algo que no encaja con ningún plan, con ninguna expectativa, con ningún sueño.
Después viene el miedo. Y este miedo tiene una lógica particular que vale la pena entender: si me rompí una vez, me puedo romper dos. Si me rompí dos… ¿por qué no tres? El cuerpo que antes era una herramienta confiable ahora se siente impredecible. Y esa sensación de no poder confiar en el propio cuerpo es devastadora para un deportista.
Y después, casi inevitablemente, aparece la crisis de identidad. Renzo tiene 21 años y lleva más tiempo lesionado que compitiendo en los últimos años. ¿Quién es él en ese tiempo? ¿Qué queda cuando se saca el fútbol? Esa pregunta, que parece filosófica, en realidad es urgente. Porque cuando alguien construyó su identidad alrededor del deporte, una lesión no interrumpe una actividad. Interrumpe una forma de ser.
Hay un concepto que me parece clave acá: el sueño interrumpido. Renzo perdió un mundial sub-20 por la primera lesión. Volvió. Y cuando empezaba a construir de nuevo, cuando la ilusión estaba de vuelta, se interrumpió otra vez. Esa acumulación de pérdidas no es solo frustrante. Es desorientadora. Porque uno puede reponerse de una caída. Pero reponerse dos veces de la misma caída requiere algo más que voluntad.
Requiere resignificar.
Y eso fue parte de lo que fuimos trabajando con Renzo. No desde los grandes discursos, sino desde algo mucho más concreto: los objetivos pequeños. Hoy doble la rodilla un poco más. Hoy caminé sin cojear. Hoy completé la sesión. Cada uno de esos logros, que desde afuera pueden parecer menores, desde adentro son señales. Son el cuerpo diciéndole a la mente: seguís siendo capaz. Seguís avanzando.
Esa construcción desde lo pequeño es lo que va reconstruyendo la autoestima cuando está dañada. No hay atajo.
Y hay otro elemento que en el caso de Renzo fue fundamental, y que en psicología llamamos factores protectores: las personas que estuvieron. El equipo médico, los fisioterapeutas, la familia, el acompañamiento psicológico. En cada momento donde las cosas se ponían pesadas, donde la oscuridad tapaba la salida, había alguien. Alguien que empujaba, que reconocía el avance, que no lo dejaba solo con la pregunta.
Eso no es menor. Eso es, en muchos casos, la diferencia.
Porque la resiliencia no es una característica individual que algunos tienen y otros no. La resiliencia se construye en vínculo. Se construye con otros. Renzo no salió adelante solo. Salió adelante con una red que lo sostuvo cuando él no podía sostenerse.
Y en los momentos donde no se veía la luz al final del camino, donde el proceso se sentía interminable, lo que se podía hacer era estar. Y decirle: sí se puede. No como slogan. Como convicción. Como algo que se construye día a día, objetivo a objetivo, sesión a sesión.
Un chico de 21 años que se rompe dos veces los ligamentos cruzados podría haberse quedado en la orilla. Renzo eligió seguir. Y esa elección, hecha desde la conciencia y no
Antes de terminar, quiero compartir algo que me dijo Renzo cuando le conté la idea de este episodio.
Le pregunté si le parecía bien que contara su historia. Y me dijo, muy claro:
‘Contala. Para que la gente vea que Dentro de tanta oscuridad, hay una luz al final del camino.’
No lo pudo haber dicho mejor.
Gracias, Renzo.