Un día, en una videollamada con el capitán de Nacional (Diego Polenta), en un momento muy difícil, me dijo algo que me marcó:
‘Dami, yo no me puedo caer. Si lo hago… ¿qué le dejo al resto?’
Esta historia es diferente a los anteriores. Es más larga. Y lo es porque la historia lo pide.
Es la historia de Diego Polenta, capitán de Nacional, y de lo que hizo en uno de los momentos más difíciles que le puede tocar vivir a un grupo humano.
Lo cuento con su autorización. Y lo cuento porque creo que lo que Diego hizo merece la pena ser dicho, ser nombrado, y merece ser entendido. Porque hay cosas que pasan en el deporte que van mucho más allá del deporte. Y esta historia es una de esas.
Era agosto 2024. Yo estaba en Brasil. porque estaba acompañando a la familia de Juan Izquierdo.
Juan había sufrido una arritmia durante un partido. y lo habían trasladado al hospital mientras el partido seguía. una vez que eso sucede, a los 2 días, viajo a brasil con la familia a acompañar. Esto va solamente para que se entienda el contexto. Como sigue la historia de Juan, no la voy a contar por 2 motivos. porque no viene al caso y porque no estoy preparado.
Lo que si tengo claro, es que en esos momentos, lo único que importa es la persona. todo el resto es como que queda en un segundo plano y deja de importar.
Mientras estábamos ahí, en Montevideo, el plantel de Nacional seguía yendo Los Céspedes (a nuestro lugar de entrenamiento) a entrenar. O se intentaba seguir. Pero hay cosas o situaciones que no tienen protocolo. y esas situaciones son las que nadie te prepara.
Con quien más hablaba mas tiempo en ese momento era con Diego Polenta, el capitán. Por su rol, por lo que representaba dentro del grupo, por quién es. Y porque lo conozco. Sé lo sensible que es. se lo buena gente que es, lo generoso, lo altruista, lo solidario, etc… y también Sé lo que Juan significaba para él — no solo como compañero de equipo, sino como persona. Jugaban lado a lado. Había una cercanía real, humana, que iba mucho más allá de la cancha.
En una de esas videollamadas, donde hablabamos de como estaba el y como podíamos ayudar al grupo, Diego me dijo algo que no olvidé.
“Dami, yo no me puedo caer. Si lo hago… ¿qué le dejo al resto? No me puedo mostrar débil. Me tengo que mostrar fuerte. Tengo que ser el ejemplo para los chicos.”
Me detuve en esas palabras. Porque en esas palabras había algo enorme.
atras de esas palabras de mostrarse fuerte estaba ocultando un dolor inmenso, quizas hasta inmanejable.
Diego no estaba describiendo su fortaleza. Estaba describiendola enorme mochila con la que cargaba. era El peso del rol del capitan, el peso de la expectativa, el peso de lo que creía que un capitán y un líder debía ser.
Pero atrás de todo eso, había algo mucho más profundo: un hombre que estaba sufriendo, que tenia una angustia tremenda y que no quería mostrar. Y quizás, hasta tendría miedo de caerse. O si podía permitirse sentir el dolor lo que estaba sintiendo.
Mostraba Que Juan le importaba de verdad. Y que no sabía cómo cargar con ese dolor propio de un ser humano y con una expectativa del rol al mismo tiempo.
en ese momento hablamos y reflexionamos juntos. Y lo que fuimos entendiendo, en esa conversación, era que la respuesta era exactamente al revés de lo que él creía.
Que mostrarse vulnerable y mostrar el dolor no era debilitarse frente al grupo. Era darle permiso y habilitar al grupo a sentir.
Que la fortaleza no estaba en no caerse. Estaba en mostrarse humano y poder compartirlo.
Y que si él se mostraba tal cual era — con su dolor, con su tristeza, con su humanidad — eso no iba a romper al grupo. Lo iba a sostener.
Y Diego con todo eso.,. tomó una decisión.
Al otro día Llegó al entrenamiento. Y dijo que no iba a entrenar porque no se sentía bien.
Quiero que se queden un momento con eso. Un capitán de Nacional, en uno de los momentos más difíciles que vivió ese club, frente a todo el plantel, frente a los cuerpos técnicos, frente a los funcionarios — eligió no entrenar. Eligió decir: hoy no puedo.
Perdón, para mi, nada mas poderoso que eso.
Eso no es poco. Eso es enorme.
Porque lo que se espera de un capitán en un momento así es exactamente lo contrario. Que sea el primero en llegar y el último en irse. Que empuje. Que tire del carro. Que muestre que se puede seguir aunque duela. O quizás hasta que no sienta nada. Ese falso mito del hombre todopoderoso.
Y Diego rompió con todo eso.
Y en esto quiero destacar al cuerpo técnico dirigido por Martin Lasarte. Que tambión aceptó y habilitó a que eso suceda. Otro gran gesto de un cuerpo técnico humano. que priorizó transitar el camino juntos desde lo humano que desde el resultado.
Y a partir de eso sucedió lo que tendría que haber pasado. que cada persona del club lo pueda transitar a su manera. Nadie se exigió nada. Nadie tuvo que fingir que estaba bien. Hubo quien entrenó. Hubo quien no pudo. Hubo quien necesitó hablar. Hubo quien necesitó el silencio.
Y todo eso estuvo bien. Porque Diego había dicho, con su presencia y con sus palabras, que todo eso estaba bien.
Habilitó a algo que poco se dice, poco se muestra y que se hace a solas y hasta con verguenza. Es como que les haya dicho . Simple, directo, sin vueltas.
“Pueden llorar.”
Lo que se creó en ese espacio fue algo muy valioso y muy difícil de construir: un lugar donde cada uno podía ser persona antes que jugador. Donde la tristeza tenía lugar. Donde el dolor no había que esconderlo sino compartirlo. era formar una red de contención. era abrazarse para amortiguar la caida. y abrazarse para sostenerse en el dolor.
El entrenamiento, durante esos dias, dejó de ser un lugar donde se prepara el rendimiento. Y se convirtió en un lugar donde se cuida a las personas.
Diego habilitó todo eso. Con una sola decisión. y con una sola frase. “hoy no puedo entrenar”
Quiero detenerme acá y analizar lo que pasó. Porque hay varias capas en esto que vale la pena nombrar.
La primera es lo que en psicología llamamos modelado emocional. Cuando una figura de autoridad — un capitán, un líder, alguien que el grupo mira — muestra una emoción o una conducta, le da permiso al resto para hacer lo mismo. No con palabras. Con el ejemplo.
Diego no les dijo a sus compañeros: ‘pueden sentirse mal.’ Se los mostró. Y esa diferencia es fundamental. Porque las palabras se pueden ignorar. El ejemplo, no.
La segunda capa es el concepto de factor protector. En psicología, un factor protector es todo aquello que en un momento de crisis funciona como red de contención. Puede ser una persona, puede ser un vínculo, puede ser un espacio.
Lo que Diego construyó ese día fue convertir el entrenamiento en un factor protector. En un lugar seguro. En un espacio donde el grupo podía atravesar el dolor junto, sin tener que hacerlo solo ni tener que esconderlo.
Porque el dolor que se atraviesa solo pesa el doble. El dolor que se atraviesa en conjunto, con otros que también lo sienten, se vuelve más liviano. No desaparece. Pero se comparte. Y compartirlo cambia algo. Porque el dolor es de cada uno Pero acompañar depende del otro.
La tercera capa tiene que ver con el liderazgo. Y acá quiero hacer una pausa. Porque lo que Diego hizo en ese momento cumple, casi sin proponérselo, con todo lo que la teoría del liderazgo plantea que debe hacer un líder genuino.
Escuchó. Al abrir el espacio para que cada uno pudiera sentir, generó las condiciones para que el grupo pudiera expresar lo que estaba viviendo.
Entendió la situación. No minimizó, no aceleró, no tapó. Leyó lo que estaba pasando con honestidad y desde ahí actuó.
Entendió lo que el grupo necesitaba. No lo que el manual decía que había que hacer. Lo que esas personas, en ese momento, necesitaban de verdad: espacio, tiempo, permiso para sentir.
Y les mostró el camino. No con un discurso. Con el ejemplo. Siendo él primero lo que le pedía al grupo que pudiera ser.
Eso es exactamente lo que la teoría define como liderazgo genuino: escuchar, comprender, acompañar, y guiar desde el ejemplo. Diego lo hizo todo. Pero no desde un libro. Desde su esencia. Desde lo más humano que tenía. Y eso lo hace todavia más grande y mas valiente.
Y después está la capa más profunda. La que va más allá del entrenamiento, más allá del grupo, más allá del club.
Diego cuestionó algo que está instalado no solo en el deporte sino en la cultura entera. La idea de que siempre hay que ir para adelante. Que parar es perder. Que sentir es debilidad. Que el éxito lo justifica todo. Que los títulos, los resultados, los likes, valen más que las personas.
Él golpeó la mesa con todo eso. No con palabras. Con el cuerpo. Con la decisión de parar.
Dijo, sin decirlo: acá esto no funciona así. No importan los títulos si las personas están rotas por adentro. La vida es la familia, los afectos, las personas que tenés al lado. El resto es un partido de fútbol.
en un momento, en una charla que tuvimos en el vestuario dijo “tenemos que salir adelante, por nosotros y por nuestras familias. porque esto es la vida, estamos aca. disfrutemos de lo que es la vida”
Y al decirlo — al vivirlo — le dio a su grupo algo que ningún título puede dar: la certeza de que en ese espacio, las personas importaban más que los resultados.
Eso interpela. No solo al deporte. A todos nosotros.
Porque todos vivimos bajo alguna versión de ese mandato. Seguí. No pares. Sé fuerte. No muestres lo que sentís. Alcanzá el objetivo. Y después, quizás, podés sentir.
Diego dijo que no. Que primero las personas. Que primero lo humano.
Y lo hizo desde el lugar más expuesto que podía elegir: siendo capitán, en el peor momento, frente a todos.
Eso es valentía. No la valentía de no sentir. La valentía de sentir y mostrarlo igual.
Eso es lo que él se interpeló. primero a él mismo. Se cuestionó. Salió del rol. Se preguntó si lo que creía que debía ser era realmente lo que tenía que ser. Y tuvo el coraje de responder con honestidad.
Hacer eso — cuestionarse uno mismo, darse permiso a sentir, hacerse cargo del propio dolor y del dolor ajeno — es un proceso complejo. Y Diego lo atravesó. Con todo lo que representaba encima.
Pero lo que Diego hizo ese día no le habló solo a sus compañeros. Le habló a la sociedad.
Le mandó un mensaje muy claro. Y quiero nombrarlo, porque creo que vale la pena escucharlo despacio.
Que para cuidarse, hay que saber decir basta.
Que para que te vaya bien, a veces hay que parar.
Que para que te vaya bien, necesitás del otro.
Que con tal de ganar no siempre hay que ir para adelante.
Que no es ‘no pain, no gain’. Que el dolor no es la única forma de llegar a algo. Que la pregunta es: ¿llegar a qué? ¿A qué costo? ¿A costa de quién?
Que el éxito no siempre se alcanza desde la felicidad. Y que no siempre hay que mostrar que todo está bien cuando no lo está.
Ese es el mensaje. Simple. Profundo. Y necesario.
Diego no lo dijo con palabras. Lo dijo con una decisión. Y eso lo hace aún más poderoso.
Las palabras siempre me quedan chicas cuando hablo de esto. No hay forma de explicar en un podcast la dimensión real de lo que fue. Cada vez que lo cuento, siento que no alcanzan.
Pero por lo menos, intentamos llegar.
Diego tomó una decisión más. Una última. Que quedará para otro episodio, cuando hablemos del retiro.
Pero lo que me llevo de todo esto, y lo que quiero dejarles a ustedes, es esto:
La fortaleza no siempre está en seguir adelante. A veces está en parar. En escucharse. En respetar el propio dolor. En decir: hasta acá puedo. Y en habilitar a los que tenés al lado a que puedan hacer lo mismo.
Mostrar las lágrimas no es debilidad. Es mostrarse uno. Es decir: me duele. Y vos también podés dejar que te duela. No pasa nada. Estamos juntos en esto.
Eso es lo que Diego hizo.
Diego, esto va para vos. Lo que hiciste, lo que sos, es más grande que cualquier título. Ese corazón y ese alma que tenés son más grandes que todo lo que representás.
Gracias.