Lo que gritamos en la tribuna también habla de nosotros

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En el deporte hablamos de resultados, de goles, de victorias y derrotas. Pero detrás de todo eso hay algo más profundo. Emociones, conflictos, historias humanas. Esto es Lo humano en juego, un podcast sobre deporte… psicología y la pasión que lo atraviesan.

Hace unos años fui a Buenos Aires a dar una conferencia en un congreso. El tema que iba a trabajar era cómo afectan psicológicamente los comentarios negativos en los deportistas; qué lugar ocupan los insultos, las críticas, la humillación verbal y cómo eso impacta en alguien que está compitiendo, expuesto, observado por miles de personas. Pero unos días antes de viajar me pasó algo que terminó dándole todavía más sentido a ese tema. Estaba almorzando con mis padres y les conté una experiencia que había vivido en la cancha con mi sobrino, y esa conversación terminó dejando una pregunta que hasta hoy me sigue acompañando: ¿quiénes somos realmente cuando sentimos que todo está permitido?.

Habíamos ido a ver Uruguay contra Brasil. Mi sobrino tendría siete u ocho años. En un momento del partido Neymar se lesiona, cae al piso, entran los médicos, entra la camilla, y cuando pasa cerca de la tribuna donde estábamos nosotros, la gente empieza a silbarlo, a insultarlo. Y quienes trabajamos en deporte sabemos algo: cuando un jugador cae y rápidamente se acercan compañeros y rivales, generalmente es porque algo serio pasó; eso no suele ser una exageración, eso suele ser dolor real.

En medio de esa escena veo que mi sobrino se empieza a levantar del asiento, como queriendo decir algo también. No desde la maldad, desde otra lógica. Desde esa lógica infantil de pensar: si todos lo hacen, ¿por qué yo no?. Entonces lo freno y le digo: —No. Ni se te ocurra. Me mira sorprendido, como diciendo: —¿Por qué no, si todo el mundo lo hace?. Y ahí le digo: —Imaginate que vos estás en la escuela, te caés, te lastimás y todos empiezan a reírse o a insultarte. ¿Te gustaría?. Me dice: —No. Entonces le respondo: —Bueno, entonces no lo hagas. Porque si no te gustaría recibirlo, tampoco deberías naturalizar hacerlo. Y ahí quedó pensando.

Pero unos minutos después aparece otra escena. Uruguay empieza a dominar el partido y aparece el clásico: olé, olé, olé. Mi sobrino también empieza a gritarlo y otra vez le digo: —No. Otra vez me mira y le digo: —Imaginate que vos la estás pasando mal y que todos se empiezan a divertir con eso. ¿Te gustaría?. Y otra vez me dice que no. En ese momento dos personas que estaban atrás mío me tocan el hombro, me doy vuelta y me dicen: —Está muy bien lo que estás haciendo. Les agradecí, pero lo importante no fue eso, lo importante vino después. Porque esa noche, hablando con mi padre, apareció una reflexión más profunda.

Mi padre me dijo algo muy simple, pero muy fuerte: “Al final, ¿quiénes somos?”. Y esa pregunta obliga a pensar algo incómodo. ¿Somos respetuosos porque realmente creemos en el respeto? ¿O porque afuera existen normas, sanciones y límites que nos ordenan?. Porque muchas veces en el estadio parece abrirse una especie de permiso emocional, como si por un momento ciertas barreras se suspendieran; como si ahí insultar, humillar o decir cosas que afuera no diríamos quedara autorizado.

Desde la psicología eso tiene explicación. La psicología de masas muestra que cuando una persona está dentro de un grupo grande, muchas veces disminuye su percepción de responsabilidad individual. El sujeto se diluye en el colectivo, siente que ya no actúa solo, y eso facilita conductas que individualmente quizás no haría. A esto se suma la desinhibición grupal; es decir, el grupo habilita decir o hacer cosas que en otro contexto quedarían más reguladas. Y cuando además aparece el anonimato —porque uno siente que es uno entre miles— se refuerza todavía más esa sensación de impunidad. Por eso muchas veces alguien en una tribuna dice cosas que probablemente jamás diría cara a cara, no porque cambie su esencia por completo, sino porque el contexto modifica los límites internos.

Y acá aparece otro concepto importante: la proyección. Desde la psicología, proyectar significa depositar en otro emociones, tensiones o aspectos propios que uno no reconoce del todo como propios. A veces frustraciones, bronca, impotencia o deseos de agresión. Entonces ese jugador que está enfrente se transforma en receptor de algo que no nació en él; recibe una descarga emocional que muchas veces habla más del que grita que del jugador mismo. Por eso muchas veces el insulto no describe al deportista, describe un estado emocional del que insulta. “Como dice un viejo dicho: lo que Juan dice de Pedro… muchas veces habla más de Juan que de Pedro”.

Y eso es muy importante entenderlo, porque del otro lado hay una persona, hay alguien que siente y procesa lo que recibe. Hoy sabemos también que la agresión verbal sostenida puede afectar variables muy concretas: la concentración, la toma de decisiones, la autoconfianza y la regulación emocional, lo cual afecta al rendimiento deportivo. Porque aunque muchas veces se diga que “el deportista está acostumbrado”, acostumbrarse no significa que no afecte. Muchas veces afecta igual, solo que no siempre se ve, y en algunos deportistas incluso queda una marca emocional.

Entonces la pregunta vuelve a aparecer: ¿Qué queremos realmente cuando gritamos desde la tribuna? ¿Queremos que a nuestro equipo le vaya bien o muchas veces lo que más nos une es el deseo de que al otro le vaya mal?. Porque son cosas distintas. La pasión puede empujar, emocionar y convertir un estadio en un lugar único, pero también puede desbordarse y empezar a ser descarga. Tal vez por eso el deporte también funciona como un espejo incómodo. Porque cuando gritamos desde la tribuna no solo estamos hablando del jugador que está en la cancha, muchas veces estamos mostrando algo de nosotros. Y quizás ahí esté la diferencia más importante: la pasión que construye y la pasión que necesita destruir. Porque el problema no es la pasión; el problema es cuando para sostenerla necesitamos olvidar que del otro lado… también hay una persona

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