Cuando el deporte deja de ser importante
Hay temas que no son fáciles de abordar. Hablar de la muerte, de la angustia o del duelo implica detenerse en experiencias que muchas veces evitamos. Y está bien que así sea. No siempre es el momento para todos. A veces, cuidar la salud mental también implica saber cuándo no exponerse a ciertos contenidos. Pero cuando uno decide quedarse, aparece la posibilidad de pensar algo que en el deporte suele quedar en silencio. Porque hay momentos en los que el juego deja de ser importante, momentos en los que la pelota pasa a un segundo plano y momentos en los que el resultado pierde completamente el sentido. Eso ocurre cuando aparece algo mucho más grande, algo que nos recuerda que antes que deportistas, antes que hinchas, somos personas.
El deporte está lleno de emociones intensas. Aparecen la alegría, la frustración, la euforia, la bronca. Sin embargo, hay una emoción que irrumpe pocas veces y que, cuando aparece, cambia todo: la angustia. No es la angustia que nace del rendimiento o del resultado, sino la que aparece cuando el deporte se cruza con algo que está por encima de cualquier competencia, que es la vida misma. En esos momentos, lo deportivo deja de ordenar la experiencia y emerge lo humano con una fuerza difícil de ignorar.
El impacto del duelo en los deportistas y los equipos
Hace un tiempo escuchaba una entrevista a Mauricio Pereyra en el canal de Club Nacional de Football. En ese momento le muestran una imagen de Santiago García, un compañero y amigo que se suicidó años atrás. Le preguntan qué siente al verla, y su respuesta fue breve pero profundamente significativa: “Todavía no me recuperé, pero uno tiene que salir adelante”. En esa frase hay algo que excede cualquier análisis técnico. No aparece la idea de superación como cierre, sino la convivencia con un dolor que permanece. Como si lo que se estuviera diciendo, en realidad, fuera que hay experiencias que no se resuelven, sino que se integran.
Cuando una pérdida atraviesa a un equipo, se rompe la lógica habitual del deporte. Porque los equipos no están formados únicamente por jugadores, sino por personas que comparten tiempo, espacios, vínculos, historias. Entrenamientos, viajes, vestuarios, conversaciones cotidianas. Y cuando ocurre algo que desborda lo deportivo, es ahí donde lo humano se vuelve inevitable. Aparece el impacto emocional, aparece la dificultad para comprender lo ocurrido, aparece la necesidad —y al mismo tiempo la imposibilidad— de darle sentido a algo que muchas veces no lo tiene.
Cualquiera que haya atravesado un duelo sabe que hay algo que cambia radicalmente. Es como si el tiempo se detuviera por momentos. Como si se abriera una dimensión distinta, donde lo urgente deja de ser importante y lo importante se vuelve difícil de nombrar. Aparecen preguntas que se repiten, que vuelven una y otra vez, y que no siempre encuentran respuesta. ¿Por qué pasó? ¿Qué fue lo que pasó? Son preguntas que, más que buscar una explicación, expresan la dificultad de aceptar lo ocurrido.
La angustia en estos casos no es solo tristeza. No es solo dolor. Es una experiencia más compleja, difícil de delimitar. Puede haber desconcierto, puede haber vacío, puede haber una sensación de irrealidad. También aparece el encuentro con un límite: el reconocimiento de que hay cosas que no se pueden controlar, que están por fuera del rendimiento, por fuera del resultado, por fuera incluso de lo que creemos comprender. Y en ese punto, el deporte deja de ser un marco suficiente para ordenar lo que está pasando.
La angustia no se cura, se transita
Desde la psicología sabemos que el duelo no tiene tiempos exactos ni formas universales. No es un proceso lineal ni predecible. No se resuelve rápido ni de la misma manera en todas las personas. Algunos necesitan hablar, otros necesitan silencio, otros necesitan tiempo. Cada uno encuentra su manera de atravesarlo. Pero hay algo que suele aparecer como aprendizaje, aunque no se lo busque: que el deporte es importante, sí, pero nunca puede ser más importante que la vida de alguien.
Con el paso del tiempo, cuando uno toma cierta distancia, aparece otra comprensión. Los campeonatos pasan, los partidos pasan, las estadísticas pasan. Pero lo que queda no es eso. Lo que permanece son las personas, los vínculos, las historias compartidas. Lo que se construye en el día a día, muchas veces lejos de la mirada del público. Y quizás ahí aparece una de las enseñanzas más profundas que puede dejar el deporte: que la competencia es parte de la vida, pero la vida siempre es más grande que cualquier competencia.
Para quienes están atravesando un duelo, para quienes conviven con una pérdida que dejó marca, tal vez no haya una forma de “superar” en el sentido clásico del término. No se trata de dejar atrás, ni de cerrar definitivamente. Se trata, más bien, de aprender a vivir con eso que transformó. De integrar la experiencia, de darle un lugar, de seguir adelante sin negar lo que pasó.
Porque hay dolores que no desaparecen. Y no tienen que desaparecer.
Como dijo Mauricio:
“La angustia no se cura, la angustia se cursa.”