¿Es esto ganar? Psicología del éxito en el deporte

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El 30 de noviembre de 2025, el Club Nacional de Football salió campeón uruguayo frente a Peñarol. Cuando el árbitro pitó el final, ocurrió algo que, desde la psicología del deporte, resulta más interesante que el propio resultado: varios jugadores no corrieron a festejar, no saltaron, no gritaron. Se desplomaron.

Quedaron tirados en el piso.

No era exageración ni actuación. Era el cuerpo soltando.

Esa escena remite a otra que quedó grabada en la memoria colectiva. En la final del Mundial 2022, cuando Argentina se consagra campeón, Emiliano Martínez cae al suelo. Mientras tanto, Lionel Messi se arrodilla, se queda quieto unos segundos y luego también cae. Si uno observa esas imágenes sin el ruido del estadio, sin el relato, sin la euforia colectiva, lo que aparece no es únicamente alegría. Aparece algo más complejo: una descarga.

Y ahí es donde empieza a aparecer una pregunta incómoda: si ganar fuera solamente felicidad, ¿por qué el cuerpo cae?

El cuerpo no miente

En el deporte de alto rendimiento, el cuerpo no miente. Durante años, el deportista sostiene niveles de exigencia que no siempre son visibles: entrenamientos constantes, presión por rendir, miedo al error, expectativas propias y ajenas, exposición permanente. La mente se mantiene en un estado de activación sostenida, y cuando la mente no descansa, el cuerpo tampoco. Por eso, cuando finalmente se alcanza el objetivo, lo que se libera no es únicamente emoción positiva, sino también tensión acumulada. El cuerpo no celebra en el sentido que imaginamos. El cuerpo suelta. Como si dijera: “ya está”.

Sin embargo, hay algo más profundo todavía. Nos enseñaron a pensar el éxito como el punto más alto de la experiencia, como una especie de culminación donde todo se ordena. Pero si uno lo piensa con honestidad, el momento de ganar dura segundos, mientras que el proceso para llegar puede durar años. Años en los que la vida se organiza en torno a un objetivo: entrenar, mejorar, sostener, insistir, postergar, resistir. Ese objetivo no solo guía la conducta, también estructura la identidad.

El problema aparece cuando ese objetivo se cumple.

Porque en ese momento, algo se termina. Y aunque nadie lo diga en medio del festejo, aparece una pregunta inevitable: “ya está, llegué… ¿y ahora?”.

Ganar no transforma mágicamente lo que pasa por dentro. No elimina inseguridades, no borra dudas, no resuelve conflictos personales. Puede cambiar la mirada del otro, pero no garantiza una reorganización interna. Y cuando el contexto se apaga —cuando no hay estadio, ni ruido, ni competencia— el deportista vuelve a encontrarse consigo mismo. Y en ese encuentro pueden aparecer sensaciones que no coinciden con la idea cultural del éxito: no necesariamente tristeza, pero tampoco euforia permanente. A veces aparece vacío.

Y el vacío no es un problema en sí mismo. Es, en muchos casos, la consecuencia de haber perdido el eje que organizaba la vida.

Hace un tiempo, un deportista me contó que al día siguiente de haber ganado un campeonato muy importante tuvo un ataque de pánico. No después de perder, después de ganar. Sentía que no podía respirar, que la presión era insoportable. ¿La presión de qué? De sostener. Porque antes la presión era llegar. Después, la presión es no caer. Y muchas veces, sostener lo logrado resulta más angustiante que intentar alcanzarlo.

El vacío después del éxito

Este es un aspecto poco trabajado cuando se habla de salud mental en el deporte. Habitualmente se asocia el malestar psicológico con la derrota, con la frustración o con el bajo rendimiento. Sin embargo, el éxito también puede generar impacto psicológico. Existe lo que en psicología se reconoce como una forma de vacío post logro: una experiencia de desorientación, de pérdida momentánea de sentido, de falta de dirección. No necesariamente una depresión clínica, pero sí un estado que interpela profundamente.

El problema es que este tipo de experiencias no suelen ser legitimadas. Culturalmente, creemos que después de ganar solo se puede estar bien. Entonces, cualquier emoción que no encaje con ese ideal queda invisibilizada o incluso vivida con culpa. Pero no hay nada “mal” en eso. Hay algo humano.

También hay una responsabilidad del entorno. Como espectadores, como hinchas, como periodistas, como sociedad, nos detenemos en la foto del triunfo, en el trofeo levantado, en la celebración. Pero rara vez pensamos en lo que ocurre cuando las luces se apagan. El deportista no es solo el momento de gloria. Es también la persona que vuelve a su casa, que se queda en silencio, que puede sentir presión, miedo o incertidumbre.

¿Qué hay después de ganar?

Tal vez el problema no sea el éxito en sí, sino la forma en que lo pensamos.

Porque quizás ganar no sea el punto más alto, sino el cierre de un proceso. Y todo cierre implica una reorganización. El ser humano no se sostiene únicamente en los resultados, se sostiene en el sentido. Por eso, la pregunta más importante no es solamente cómo se gana, sino qué se hace después de haber ganado.

Ahí, en ese momento donde ya no hay nada que alcanzar, empieza otro desafío. Uno menos visible, menos celebrado, pero profundamente humano.

Y quizás, entender eso, también sea parte de aprender a ganar.

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